Jul 13 2010
Kirguistán: el precio de la democracia
Como pasa siempre cuando se trata de los países que acaban en “stan,” la falta de especialistas en la zona ha dado lugar a explicaciones simplificadoras y a menudo erróneas en cuanto a los orígenes de los conflictos actuales. En cada crisis, se recurre a la explicación tribal/religiosa/étnica para explicar la violencia o se atribuye sus tristes resultados a la alargada sombra del terrorismo internacional. Estas explicaciones genéricas son un comodín y no permiten entender las dinámicas profundas del cambio social que viven estos países remotos de Asia Central.
El pasado 15 de junio, los refugiados uzbekos quedaron atrapados en la frontera entre Kirguistán y Uzbekistán. © REUTERS/Shamil Zhumatov; cortesía de alertnet.org
En muchos países existen nuevas fuerzas que quieren, como en Kirguistán, consolidar sus logros democráticos. Después de la ocupación soviética que duró 70 años, estos países asiáticos, antaño independientes y unidos por el Islam y la ruta de la seda, sufrieron en los años 90 la confiscación del poder por parte de una élite muy reducida y muy reacia a compartir sus prerrogativas.
En muchos países, son los propios aparatchicks o altos cargos supervivientes de la Unión Soviética que se han mantenido, los que intercambiaron la doctrina comunista por un nacionalismo exacerbado para justificar su permanencia en el poder. Desde la democrática Unión Europea tenemos que estar más atentos a estos movimientos. No sólo para prevenir el sufrimiento humano que siempre provocan estas crisis, sino también para ayudar y reforzar esta lenta mutación hacia sistemas políticos más democráticos.








