01/03/2011

La paradoja de hace tres años vuelve a repetirse: entre los más perjudicados por el alza de los precios de los alimentos se encuentran personas que los producen a diario, los pequeños agricultores de los países en desarrollo.
En Nicaragua el kilo de maíz ha pasado de costar 0,3 a 0,4 dólares en sólo dos meses. En Malí el precio del mijo ha superado ya el precio récord de 2008 en 25 francos CFA. En Paraguay, el trigo ha subido un 30%. En Guinea- Conakry hoy hay que pagar 5.500 francos guineanos por un kilo de arroz, en lugar de los 5.000 que se pagaban antes de final de año. Egipto, el mayor importador de cereales del mundo, viene registrando una inflación del 17,2% en el precio de los alimentos.
Distintas causas, las mismas víctimas
Entre los bastidores de cada uno de estos escenarios conviven causas distintas, unas relacionadas con las sequías y fenómenos climáticos extremos, otras con el descenso de las exportaciones de “graneros mundiales” como Rusia y Australia y otras con la debilidad de la moneda nacional en el mercado de divisas. Aunque los puntos en común con 2008 (cuando los precios alcanzaron máximos históricos desencadenando graves crisis alimentarias) son muchos, hoy podemos encontrar algunas diferencias sustanciales con la situación de hace tres años: “en primer lugar, esta vez no ha influido tanto el precio del petróleo como la especulación en los mercados internacionales; en segundo lugar, los más afectados son, esta vez, el trigo y el maíz y no tanto el arroz, por fortuna para Asia”, explica Julien Jacob, responsable de seguridad alimentaria de Acción contra el Hambre. ¿Y quién consume trigo y maíz? “América Latina, que basa gran parte de su dieta en el maíz y los países del norte de África y Oriente Próximo”, explica Jacob. Precisamente los que están protagonizando una serie de revueltas populares en aras de un cambio. “Quizás habría que preguntarse si nuestro empeño por leer en estas revueltas un grito de democracia nos impide escuchar el verdadero sonido del hambre”, apunta el Director General de Acción contra el Hambre, Olivier Longué.
Respuestas extremas
Por el resto, las dinámicas siguen siendo similares a las de 2008: familias de pequeños agricultores que venden sus productos al terminar la cosecha a poco precio y que tienen que pagar el doble por ellos cuando se vacían los graneros. Las mismas familias que destinan hasta un 80% de sus ingresos a la compra de alimentos. Las mismas que tienen que adoptar soluciones extremas ante estas situaciones como desprenderse de sus enseres, endeudarse o reducir el número de comidas diarias.
Proteger a los alimentos de la especulación
Por el momento hay que poner en marcha soluciones de emergencia que garanticen que los más vulnerables (niños menores de cinco años, embarazadas y madres en periodo de lactancia) no ven deteriorado su estado nutricional por la subida de los precios. En un futuro a medio plazo convendría, a través de instituciones como el Comité Mundial de Seguridad Alimentaria, “poner límites a la especulación con los alimentos y establecer reservas y regulaciones de precios a novel regional en internacional… tratar la comida a nivel mundial, en definitiva, como un producto básico para el desarrollo humano que no puede abandonarse a las leyes de oferta y demanda del mercado”, concluye Jacob.



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