TESTIMONIOS

 


KITA BAJO LAS ESTRELLAS

15/05/2009


Hay polvo por todas partes y un calor seco que agradecen mis huesos. Los camastros en los que vamos a dormir debajo de un chamizo de cañas, parecen consistentes pero no tanto la techumbre. La mosquitera, imprescindible. No tenemos agua corriente, ni electricidad, salvo la que proporciona un generador de gasolina que sólo se enchufa un rato a la noche, y nuestro baño es una sencilla letrina a la intemperie. Para colmo se oyen algunos truenos. La tormenta se acerca, y la lluvia está asegurada.

 


Acabamos de llegar a Sagabary, desde Bamako, tres compañeras periodistas españolas, María Jesús, María y Elena, y un servidor; nos acompaña un amable y sonriente Samuel, coordinador local del equipo de animadores de Acción contra el Hambre (ACH). Nuestro objetivo: palpar de cerca la realidad de las 23 poblaciones cercanas a Sagabary incluidas en un programa de desarrollo cofinanciado por el Gobierno de Navarra, y conocer las actividades de lucha contra el hambre que lleva a cabo ACH en esta remota zona rural de Malí.


La noche promete, y la cara de sorpresa y estupor de todos nosotros es mayúscula al ver las condiciones en las que vamos a estar los próximos días. La verdad es que no nos lo esperábamos y resulta al principio algo duro.


Son las cinco y media de la madrugada, las mujeres se acercan al pozo próximo a donde estamos para recoger a pulso el agua, llenar los cubos y fregar algún puchero. Aquí no hace falta despertador. La noche ha sido algo movida, pero finalmente hemos sobrevivido.


Un desayuno frugal y partimos para una de las comunidades. Traqueteo garantizado, y acogida de la gente que nos deja sin palabras. Nos saludan efusivamente, se presentan, nos presentamos a través de nuestros compañeros de trabajo malienses y comienza la sesión. Nos cuentan cómo al principio eran escépticos respecto a los bancos de cereales y de los huertos familiares pero, ahora que el proyecto llega a sus últimos coletazos, han podido constatar en estos tres años los beneficios que ha traído a su poblado, a su comunidad. Ahora comentan que se sienten más fuertes, entrevén las ventajas de trabajar agrupados buscando intereses comunes, atisban un futuro mejor. Ya no les engañan tan fácilmente a la hora de venderles el abono o semillas, saben cómo sacar el máximo partido a sus cosechas e incluso han descubierto variedades de cultivos que son muy ventajosas a nivel nutricional y para sus propios bolsillos. Sin embargo, todo ello es la punta del iceberg de un trabajo concienzudo, profesional y que lleva su ritmo, el ritmo de las personas con las que se interactúa en cada comunidad en la que trabajamos. Supone trabajar día a día con personas, y ello a veces no es tarea fácil, pues exige mucha paciencia mutua, tiempo, empatía y capacidad de escucha, algo que a veces se nos olvida y que no encaja demasiado con el ritmo al que estamos acostumbrados. Quizás ahí esté la clave. En la despedida llegan los generosos presentes, unas bananas, un saco de naranjas y un par de papayas. Nos dan de lo poco que tienen y debemos aceptarlo. Suena el Djembé, los cantos y bailes a los cuales nos unimos con mayor o menor gracia, pero siempre entre risas festivas. El agradecimiento es mutuo y pienso en la vida de todas estas personas, en mi vida, en su presente, en su futuro...

 


De vuelta al “campamento” siento que el problema del hambre debiera ser prioritario, es demasiado importante y grave como para mirar a otro lado. Me gustaría que estuvieran por estos lares quienes toman las decisiones que rigen los destinos del planeta, quizás entonces otro gallo cantaría. De momento me siento afortunado de poder estar aquí acompañando este proceso de cambio, y en ello coinciden mis excelentes compañeras de viaje. Es una suerte tener la oportunidad de acompañar y ser acompañado de tanta gente que pelea con uñas y dientes por mejorar su futuro y el futuro de los demás. Sin duda, todo este trabajo realizado, merece la pena.


Por cierto, al fin y al cabo, tampoco está tan mal mi camastro, mi letrina y mi bocata de sardinas. Otra cosa, con eso de que no tenemos luz a la noche cuando se apaga el generador, hemos podido escuchar el silencio y ver el cielo más estrellado que uno se pueda imaginar, sin necesidad de ir al planetario.

Iñaki San Miguel, delegado de Acción contra el Hambre en Navarra
 

 


 

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