TESTIMONIOS

 


CUANDO EL HAMBRE TIENE NOMBRE Y APELLIDOS

03/07/2009


Allama Souko tiene 24 años y vive en el poblado de Kolondimba, al suroeste de Malí. Su hija Mbadialla, de poco más de un año, le acompaña mientras cultiva su parcela de cebollas, lechugas y col y arranca las malas hierbas, pese al sol de fuego que cae sin piedad. Como ella, 55 mujeres de esta aldea de 400 habitantes se afanan en el huerto común de 6.000 m2, que han sacado adelante gracias a un proyecto para la Seguridad Alimentaria promovido por la ONGD Acción Contra el Hambre (ACH), iniciado en 2007 y apoyado durante tres años por el Gobierno de Navarra, entre otras instituciones. Se ubica en el Círculo de Kita, en uno de los países más pobres del mundo, según las estadísticas. Un país –no era la primera vez que yo lo visitaba- rico en historia, cultura étnica y pueblos acogedores y pacíficos.

 

“Estoy contenta”, sonríe Allama, tímida. Sus ojos me miran, sorprendidos por mis ropas “extrañas” de “tubabu”, la cámara de fotos y el cuaderno en ristre, pero a la vez serenos, orgullosos. “Ahora podemos alimentar mejor a nuestros hijos, no teníamos apenas legumbres y verduras, es una comida más sana”, añade. Las mujeres nos muestran su huerto, felices. No se olvidan de enseñarnos el pozo, construido dentro del huerto para evitar las pesadas y largas caminatas en busca de agua. Como en el resto de los 14 huertos implementados por ACH en 23 comunidades y gestionados por 870 mujeres que cultivan mijo, lechuga, patata, cebolla y hasta soja, tras recibir formación y medios apropiados – incluido un sistema de préstamos denominado “warrantage”, quieren instalar en el futuro el riego ‘gota a gota’...

 

En otro poblado cercano, Ségouna, con 5.000 habitantes, nos reciben con tambores, danzas y cánticos. Nos cuentan que ya han rehabilitado un pozo y construido otros dos -perforando a gran profundidad para captar agua subterránea potable y de buena calidad y con bomba manual en el exterior-. Los gestionan tres comités locales formados por cuatro hombres y dos mujeres cada uno. Cada familia abona 250 francos cefas (0,40 euros) por el uso del pozo que les corresponde, dinero que va a una “caja común” para gastos de mantenimiento y posibles averías. El segundo jefe del poblado, Djeli Makan Diabaté, y la presidenta de las mujeres, Sira Dansira, muestran su “agradecimiento” por la ayuda del Norte y reconocen que en los comienzos “desconfiaban” de la bondad del proyecto, pero hoy se dicen “contentos” con los resultados, que “han cambiando la vida del pueblo. “Nuestros niños ya no tienen hambre ni tantas enfermedades”, afirma el jefe. Y nos piden que hagamos llegar a los “políticos” y a las gentes de los países ricos, un mensaje: “Queremos seguir trabajando para mejorar la vida de nuestro pueblo pero necesitamos vuestra ayuda”.

 

Por un momento siento vergüenza. Recuerdo los recortes presupuestarios de los gobiernos del norte para ayuda al desarrollo debido a la crisis mundial. Recuerdo las mil y una “pegas” de algunos ciudadanos hacia las causas solidarias y el trabajo de las ONGD: “No doy nada porque seguro que no llega el dinero”. “Eso es cosa de los gobiernos, nosotros no tenemos la culpa”. “¿Para qué, si nada va a cambiar...?”. “Es que son pobres porque quieren, porque son vagos, no está en su naturaleza, no tienen remedio...”. Recuerdo que cada vez es menos noticia en los medios de comunicación la pobreza en el Sur, las hambrunas, la injusticia, la violencia... mientras se dedican páginas enteras a los lujosos vestidos de un personaje conocido, a la peste porcina –aunque mueran de hambre cada día muchísimas más personas, entre ellas miles de niños-, a la crisis y la “imposibilidad” de comprar este año la tele de plasma... y me hierve la sangre. ¿Por qué no vienen aquí, políticos, profesionales, ciudadanos, sobre el terreno, y toman conciencia de que no sólo el hambre y la pobreza existen, sino de que además tienen nombre y apellidos? ¿Por qué no vienen a vivir aquí por unos días, durmiendo en catres o en el suelo bajo un calor infernal, comiendo arroz y pollo, pollo y arroz, cuando lo hay, soportando plagas de langostas que arrasan con todo, o poniéndose enfermos cuando el centro de salud está tan lejos que te puedes morir por el camino? ¿Alguien cree que una madre puede vivir, sin inmutarse, sin sentir nada, la muerte de un hijo tras otro por hambre, desnutrición o enfermedades que podrían curarse fácilmente y por una pequeña cantidad de dinero, para ellos inalcanzable...?

 

APRENDIENDO, TRABAJANDO

A pocos kilómetros, en el ‘hamau’ de Kéniétou, de 1.900 habitantes, asistimos a una sesión educativa y de sensibilización para mujeres y madres –y muchos niños-, impartida por el “animador” Lacine Soumaro en el idioma local, malinké. Los “animadores” son trabajadores locales formados por ACH para gestionar los proyectos en contacto directo con las comunidades. Conocen mejor que nadie la idiosincrasia, maneras de vivir, debilidades y potencialidades.

 

Hoy toca hablar de la diarrea infantil. Con dibujos, Lacine explica cómo combatir la diarrea y cuáles son las prevenciones más adecuadas, como lavarse las manos antes de cocinar... Souhada Kanisakka tiene cinco hijos y lleva a la más pequeña, Hana, en brazos. Se anima a ponerse de pie y explicar a todos qué ha aprendido con sus propias palabras. Todos aplaudimos. Le sigue otra madre, y otra y otra... Pero la alegría llega sobre todo cuando la “griot” del poblado, Djetenin Daou, transmisora y narradora de tradiciones, resume todo en una especie de cuento y luego comienza a cantar, con una voz y una melodía que parecen brotar de las profundidades más remotas del alma africana, iluminando de pronto nuestros corazones con una alegría indescriptible, mientras el resto de mujeres, niños, hombres, se unen a los cánticos y a las danzas y nos arrastran a bailar, entre risas y gestos de afecto.

 

Me siento feliz. Es difícil explicarlo. No es la primera vez que visito un proyecto de cooperación sobre el terreno. No es la primera vez que piso África. Y, sin embargo, siempre me embarga esa sensación, a veces de sentimientos encontrados. Por un lado, de vergüenza por volver a España y seguir viviendo y consumiendo como si nada; por otro, de alegría por poder compartir momentos tan especiales con personas y pueblos tan diferentes a los nuestros pero en cuyas miradas percibo la misma humanidad, los mismos sueños, el mismo deseo de vivir en salud y en paz. Me siento feliz por tener la oportunidad de estar aquí, y doy las gracias de corazón a ACH por invitarme a conocer “in situ” uno de sus más bonitos proyectos en África, en estas tierras duras pero auténticas. Me vienen a la mente aquellos versos del poeta senegalés David Diop (1927-1960).

 

“... Es África, tu África que reverdece,
que reverdece pacientemente,
obstinadamente,
y cuyos frutos tienen poco a poco
el amargo sabor de la libertad...”.

 

Y es que la cooperación en África no es fácil, cierto, pero también he comprobado, de nuevo, que cuando se trabaja con profesionalidad, con paciencia, con eficacia, y sobre todo con máximo respeto a la cultura y a la opinión de las comunidades beneficiarias, implicándolas para que se apropien de los proyectosy los hagan suyos... las semillas florecen y dan fruto. Y África reverdece, sin paternalismos ni limosnas. Enseñándoles herramientas y facilitándoles medios, ellos sabrán liderar su
propio desarrollo y el de sus comunidades.

 

Con nombre y apellidos. Mujeres, hombres, niños... como nosotros, como todos, puestos en pie contra la pobreza, contra el hambre, contra el subdesarrollo. Ellos siguen allí, luchando, cada día, cada minuto, cada segundo, pese a sus duras condiciones de vida, sus limitados medios, un entorno infernal. ¿Luchamos nosotros cada día, desde el Norte, para que su lucha no sea en vano...? ¿Confiamos, creemos, soñamos con la utopía posible de que un día lograremos que la pobreza desaparezca...? De la mezcla de nuestros sueños y esperanzas y de los suyos, otro mundo es posible, sin duda.

 

María Jesús Castillejo
 

 


 

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