23/08/2006
Me llamo Asha Suleima y soy abuela. Mis cuatro hijos adultos, sus familias y yo estuvimos yendo de un lado para otro durante un año antes de llegar a este campo (campo de Al Salam, en las afueras de la ciudad de Nyala, la capital de Darfur del Sur). En nuestro pueblo éramos pequeños agricultores; nos las arreglábamos para sobrevivir con nuestras propias cosechas y comprando algunos alimentos con el poco dinero que conseguíamos vendiendo lo que no nos comíamos. Pero las cosas empeoraron el año pasado, al perder toda nuestra cosecha cuando las tribus trajeron a su ganado a pastar a nuestras tierras. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que nuestra presencia ya no era grata allí. En lugar de vengarnos, decidimos mudarnos a otro pueblo. Allí plantamos algunos cultivos, pero los perdimos también a causa de la violencia. Estábamos hartos y cansados de tanto luchar. No teníamos ningún lugar adonde ir, ningún sitio donde pedir justicia y demandar el respeto a nuestro derecho a cultivar nuestros alimento. Finalmente decidimos dejar nuestras tierra y venir al campo de Al Salam. Todas las familias de nuestro pueblo huyeron con nosotros, excepto tres. Todas tenían los mismos problemas y ningún lugar adonde ir.



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