19/08/2007

Padezco una enfermedad en la sangre. El centro de salud me da el tratamiento gratis pero las enfermeras me han dicho que debo tomarlo con un suplemento alimenticio. Debo hacerlo todos los días porque parte de mi bienestar está en ingerir buenos alimentos, pero tengo cinco huérfanos a mi cargo y además mi madre vive conmigo, por lo que son seis bocas a las que tengo que alimentar.
La enfermedad comenzó con úlceras en el cuerpo que me molestaban mucho; durante mucho tiempo, hasta que desaparecieron, tuve una sensación de quemazón bajo la piel. Cuando volvieron a aparecer mi cuerpo empezó a hincharse tanto que fui al centro de salud. Me preguntaron si dormía bien por las noches y si estaba casada o vivía con un hombre y les expliqué que mi marido había muerto. Sufrió tanto con la malaria y la fiebre que tuvo que dejar su trabajo y luego murió. No me he vuelto a casar.
La vida sin mi marido ha sido una constante lucha por la supervivencia. A veces me contratan para tejer manteles y otras veces dependemos del dinero que nos dé la familia para poder comprar comida. Mi segundo hijo, varón, me ayudaba mucho, pero también ha muerto. Sin mi hijo, la única ayuda que recibo es la de mi vecino, un miembro de la congregación de la iglesia anglicana. Ayuda a mi familia porque sabe que me cuesta salir adelante con el dinero que obtengo tejiendo y vendiendo las pocas cosas que tengo. Yo sola no puedo conseguir cosas tan sencillas como el agua, ya que la compañía del agua me ha cortado el suministro porque no puedo pagar la factura. Ahora los niños traen agua de casa de nuestro vecino para nuestro consumo y el lavado de la ropa.
Cuando tejo una prenda de buen tamaño y llega un cliente que la paga bien, puedo preparar mejores comidas. Ésos son mis días de suerte. Entonces tenemos hortalizas, judías y a veces carne, pero en general nuestra dieta no es buena y eso perjudica a los niños y me perjudica a mí. Cuando no vienen clientes a comprar mis prendas, me quedo en casa y algunos de los niños y yo nos vamos a la cama sin haber comido. Pasamos muchas privaciones, así que no puedo decir que mis hijos tengan una buena vida.
Damalesi Phiri (47 años. Distrito de Kwacha)

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