TESTIMONIOS

 


COMO UNA SENTENCIA DE MUERTE

12/11/2007


Mi marido fue el primero en sentirse enfermo. Tuvo malaria y luego neumonía, por lo que durante muchos años pasó temporadas ingresado en el hospital. Su sueldo daba para pagar la atención médica pero llegó a ponerse tan enfermo que los pantalones se le caían. El médico le obligó a hacerse la prueba del VIH y se la hizo, pero pidió que los resultados fueran confidenciales.

 

Cuando enfermé de tuberculosis ya nos habíamos separado. Me dieron un tratamiento para la enfermedad, pero seguía teniendo tos. Me costaba respirar y en el hospital me dijeron que tenía bronquitis. Probé un par de medicaciones diferentes y fui a un herbolario tradicional, pero la mejoría duró poco y volví a sentirme débil.

 

Mucho tiempo después volví a sentirme mal y esta vez mi tía sugirió que me hiciera una prueba de VIH. En la clínica me tomaron muestras de sangre y me enviaron a sesiones de asesoramiento. El grupo estaba formado por diferentes tipos de personas, algunas acababan de hacerse las pruebas y otras ya sabían que eran VIH-positivas. Recuerdo que me preguntaba “pero cómo pueden traerme a un lugar como éste, con toda esta gente”. Estuve allí cinco días haciendo diferentes actividades y todavía estaba convencida de que todo iba bien, así que cuando me dieron los resultados de mi análisis empecé a llorar sin poder creérmelo, porque no me esperaba ser VIH-positiva. Para mí fue como una sentencia de muerte.

 

No pude empezar el tratamiento con antirretrovirales porque no tenía acceso a ningún servicio gratuito, así que comencé a tomar analgésicos. Me sentía un poco mejor, pero siempre estaba cansada. Al final mi hermano me llevó a un médico que me envió a un laboratorio donde me hicieron un recuento de CD4 y me confirmaron que necesitaba empezar con los antirretrovirales. Mis hijos saben que soy seropositiva. Me recuerdan que tome las medicinas, me ayudan mucho y se preocupan porque mi salud mejore. Fuera de mi familia más cercana, pocas personas saben que soy seropositiva. A mi marido no se lo dije y murió sin saberlo. Después de su muerte fui al hospital y me dijeron que el también era VIH-positivo.

 

Nasilele Mutakatala (49 años. Distrito de Kwacha)
 

 


 

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