09/10/2007
Mi marido murió en otro barrio. Nos divorciamos hace mucho tiempo y después él se casó con otra mujer. Los hijos que tuvimos mientras estuvimos casados vivían con su padre y cuando él murió sólo los más jóvenes vinieron a vivir conmigo. Después, muchos de ellos enfermaron y fallecieron, así que vivo con mis seis nietos. La vida no es fácil, pero sé que no soy la única que sufre, hay mucha gente en Kitwe que sufre también.
Dependemos de la ayuda de mis sobrinos; ellos no tienen trabajo fijo y utilizo el poco dinero que me dan para comprar la comida que necesitamos. Mando a mis nietos a buscar agua en unos recipientes pequeños y la hiervo para evitar enfermedades. Si el dueño del pozo anda por allí, mis nietos regresan con los cubos vacíos, pues no tengo dinero para pagar el agua. El dinero que me gastaría en comprarla lo utilizo para comprar harina de maíz y carbón para preparar la comida.
Mi hija mayor era profesora y todo el mundo la llamaba “señorita Chewe”. Murió por el VIH/SIDA. Su marido llevó la enfermedad a casa. El hospital en el que trataban a mi hija de anemia pidió a su marido que donara sangre. Después de hacerle la transfusión se dieron cuenta de que la sangre estaba infectada. Mi hija no llegó a estar tan enferma como para quedarse muy delgada o tener úlceras, sólo le dolían mucho las piernas.
Quedé destrozada cuando murió. Era mi primera hija y siempre había sido un pilar para mí, tenía la responsabilidad de cuidarme. Poco después uno de mis hijos murió y más tarde también su hermana pequeña. Ha habido muchos funerales en estos años. Las mujeres de la iglesia y otras personas que trabajan en el mercado me ayudaron a enterrar a mis hijos. En cada ocasión donaron una pequeña cantidad de dinero y pude comprar un sencillo ataúd. Cuando mi hija murió un vecino también iba a enterrar a un ser querido y se ofreció para recoger su cadáver en el depósito y llevamos a los dos juntos al cementerio.
Poco a poco he ido perdiendo a mis nueve hijos por diferentes enfermedades. Una de mis hijas murió de tuberculosis y dos de las más jóvenes murieron por depresión y estrés. Tengo la sensación de que murieron por vivir en la miseria y por los malos tratos. En casa tengo fotos de mis hijos para recordarlos, pero la vida ha cambiado mucho, las cosas no volverán a ser como antes.
Varias veces a la semana podemos comer bien, pero ha habido momentos muy duros. Dios sabe que ésta no es la mejor forma de llevar una familia. A veces mi nieta mayor va a la escuela y se pone el sol sin que haya podido comer nada en absoluto. Tengo que llevarla a la escuela, pues al ser la mayor debe recibir educación. Si yo muriera, no sé cómo podría educar a los otros si ella nunca fuera a la escuela.
Mi nieta es atleta y juega al tenis y eso les gusta a los profesores, que pagan sus gastos escolares, y los miembros de mi congregación le pagan el uniforme. El año pasado, cuando quedó embarazada en la escuela, dejó de asistir a clase durante un tiempo, pero yo le sugerí que volviera y yo cuidaría del bebé. Esto añade una nueva dimensión a mis problemas, pues tengo que comprar leche infantil para alimentar al bebé y jabón para lavar los pañales y, además, tenemos que comer.
Pauline Chola (72 años. Distrito de Chimwemwe)