17/03/2005
Llegué a Angola con la paz recién estrenada. Fue hace dos años y el proceso había iniciado apenas seis meses antes. Poquito a poco, muy despacio, los angoleños empiezan a creérselo. La diferencia puede notarse en un hecho: hace unos cuantos años ningún angoleño hacía planes para mañana. Tenían miedo de proyectarse al futuro. Hoy siguen viviendo en presente pero también empiezan a mirar al futuro. Empiezan a creer que la paz puede ser definitiva.
Mi trabajo en Caconda consiste en coordinar los distintos programas que llevamos a cabo. Coordino el personal, negocio con los intermediarios, soy el responsable de garantizar la seguridad de nuestros equipos... y esto no es ninguna tontería en Angola. Pese a la sensación de seguridad que nos ha traído la paz lo cierto es que trabajamos rodeados de minas: unos diez millones. Y éstos son aparatos que no diferencian la paz de la guerra.
Pero lo más duro de mi trabajo no es esto. Lo más duro es ver la muerte de los niños desnutridos, que no llegan a tiempo a los Centros de Nutrición Terapéutica. Después de años trabajando en esto, cada vez que ocurre, sigo intentando encontrar un porqué. No logro entenderlo. Lo más positivo, en cambio, es ver a los niños que salen de allí recuperados. También es muy reconfortarte ver crecer al personal local, ver cómo mejoran su trabajo día a día.
Si tuviera que identificar una prioridad para el futuro en Angola marcaría la educación, creo que es la base sobre la que debe construirse el desarrollo. No olvidemos que los niños angoleños de hoy son una generación de la guerra. Esto quiere decir que saben sólo vivir al día, sus padres no son capaces de planificar. Son muchísimos los campesinos que dejaron sus hogares hace más de cinco años. Ahora vuelven a sus lugares de origen pero no tienen semillas, ni herramientas ni siquiera los conocimientos básicos para otra cosecha. Además la guerra les ha acostumbrado a una economía de subsistencia. Las distribuciones de ayuda no pueden funcionar sin formación. A muchos retornados se les ha olvidado cómo hacer los surcos de la tierra o cómo secar un pescado. Están tan acostumbrados a la subsistencia que no se plantean la producción de excedentes o la transformación de productos.
Si hablamos de la política interior lo esencial es abandonar cuanto antes la economía de guerra. Hace años que no hay inversiones públicas en bienes y servicios de primera necesidad. Las ONG no podemos cubrir todas las necesidades y llegar a todo el país: necesitamos la voluntad política del Estado.
El granito de arena que pone Acción contra el Hambre tiene la forma de programas de agua y saneamiento, nutrición, salud y seguridad alimentaria. Aunque quizás los resultados resultan más patentes en nuestros CNT y CNS es muy importante el fortalecimiento institucional que estamos haciendo al Ministerio de Salud. En un año hemos comprobado cómo ha aumentado el número y la calidad de las consultas médicas o cómo los puestos de salud rehabilitados empiezan a funcionar... lo interesante de mi trabajo es que he pasado de intervenciones de emergencia (una distribución de semillas y herramientas que realizamos por la hambruna de 2002 en colaboración con la FAO) a una intervención de desarrollo como puede ser la distribución de bueyes o la construcción de bueyes. Con ello he podido seguir la evolución de muchas familias.
En todo esto hay un elemento que diferencia a Angola de muchos otros contextos africanos: se trata de un país roto por 30 años de guerra civil. Las fracturas entre la población han provocado una enorme desestructuración social. Cada uno de los retornados llega por su lado sin haber convivido nunca juntos. Los lazos comunitarios, incluso los familiares, han sido cortados por la violencia. Por esto cualquier intervención de desarrollo tiene que reforzar una idea: la unión hace la fuerza. Sobre esta base es sobre la que estamos intentando construir un futuro en Caconda.
Ricardo Ruíz Toledo, logista-administrador en Caconda



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