09/06/2004
Cécile Bizouerne, psicóloga , nos relata cómo las secuelas del conflicto afectan a los procesos de paz
Al final de una guerra solemos hablar de impacto económico, demográfico,... ¿existe también un impacto psicológico del conflicto?
La guerra afecta a la población a varios niveles: colectivo, familiar e individual. Todo aquello que constituía la cohesión social y estructuraba la sociedad y sus cambios se rompe en pedazos, sobre todo en las guerras de hoy que cada vez implican a más civiles y menos militares. Los referentes sociales, el sistema jerárquico y de decisiones entran en quiebra, pudiendo desembocar en la anomia1 social. A nivel familiar, asistimos a menudo a separaciones ligadas a los momentos de huida. La división de roles se tiene entonces que modificar: las mujeres suelen adquirir muchas más responsabilidades. A nivel individual las consecuencias son distintas en función de los acontecimientos que la persona ha sufrido, de los que ha sido testigo o en los que ha participado... pero también en función de su resistencia personal y la de su entorno. El conjunto de estas transformaciones vinculadas a la guerra necesitan una redefinición de identidad y la construcción de nuevos referentes colectivos e individuales. Es un proceso lento que tendemos a subestimar a menudo pensando que la firma de los acuerdos de paz marca el fin de la guerra en la mente de las personas. Pero todo esto estará siempre presente y la gente tendrá que aprender a vivir con ello. Algunos podrán hacerlo pero otros nunca lo lograrán del todo.
¿Pero cómo puede afectar la salud mental de la población a un proceso de paz?
Las transformaciones citadas son objeto de un largo proceso en el que se hace necesario encontrar nuevas maneras de vivir juntos y un nuevo modo de “ser uno mismo”. La capacidad de cada cual para recuperar una vida normal, crear nuevas relaciones, adaptarse a un nuevo contexto... es diferente según los grupos y los individuos. En efecto, la guerra debilita (hablamos a menudo de personas traumatizadas y de trauma colectivo) pero también pone en evidencia mecanismos de supervivencia y protección que desconocíamos. Encontraremos estas dos tendencias en los procesos de paz: individuos y grupos que han perdido toda la esperanza y energía para la paz y para construir el porvenir, y otros que encontrarán la fuerza y la motivación para realizar proyectos. Estas dos tendencias no son incompatibles: depende de las personas pero también del momento. Muchas veces la gente no cree en la paz porque han visto firmar muchos acuerdos anteriormente y hace falta tiempo para creer que éste puede ser diferente...
¿Qué grupos de población dirías que arrastran durante más tiempo las secuelas de una guerra?
No creo que exista una jerarquía del sufrimiento. Además cada sufrimiento tiene que ser analizado en sí mismo y no en comparación a otros. Puede que haya grupos identificados por los programas de salud mental, como las mujeres violadas en Congo o los amputados en Sierra Leona... pero esto corresponde más a la necesidad de identificar un programa que a una medición del sufrimiento.
¿Cómo puede una organización de ayuda humanitaria integrar componentes de salud mental en programas de rehabilitación?
Lo más importante, sin ninguna duda, es que consideremos las poblaciones y las personas a las que dirigimos nuestros programas dentro de su globalidad y dentro de su historia. No se trata de responder a todas sus necesidades, sino de saber entender y escuchar todo lo que han pasado, así como de intentar entender en qué momento se encuentran actualmente. Un desplazado llegado después de diez años a los arrabales de una gran ciudad después del ataque a su localidad puede sentirse siempre en situación de tránsito y ser incapaz de comenzar un proyecto a corto plazo. Para él sería como aceptar que nunca va a volver a su casa, sería como haber hecho un luto imposible. Para otros, los que se tengan que conformar en grupos o formar comités para proyectos de seguridad alimentaria, no será posible porque se encuentran en un camino individual, en el que dirigen sus acciones hacia lo cotidiano sin poder tener confianza en el prójimo. En estos casos Acción contra el Hambre integra la dimensión psicológica, social y cultural en su comprensión del contexto y de las necesidades para diseñar los programas adecuados. Esta dimensión puede ser integrada de manera más específica, a través de programas que favorezcan la relación madre-hijo entre los grupos desnutridos, con la detección de traumatismos y problemas psicosomáticos en nuestros centros de salud, con la comprensión de la dinámica familiar en los proyectos de seguridad alimentaria...
Recuerdo a una mujer afgana de uno de nuestros Centros de Nutrición Terapéutica en 2003. Su hijo de pocos meses estaba severamente desnutrido y su madre lamentaba la falta de leche para amamantarlo. Dirigimos la conversación hacia la relación con su hijo. Muy por encima, ella nos habló de su propia salud: su falta de apetito, sus insomnios, sus angustias, sus vértigos y desvanecimientos frecuentes. Buscando con ella la raíz de sus problemas nos remontamos a un acontecimiento que le había ocurrido mucho tiempo antes. Tenía 12 años e iban en coche cuando un grupo de hombres armados les detuvieron en Kabul. Numerosos cadáveres les rodeaban. La familia fue encerrada en una sala. Se llevaron al padre. Un día creyó que iban a matar a su padre, que iban a matarlos a todos. Al final de ese día dejaron salir a todos. A pesar de todo, creció, se casó, tuvo un hijo. Desde ese día ha sufrido numerosos problemas psicosomáticos: su falta de leche e la expresión de su malestar, de su dificultad para estar bien consigo misma y con su cuerpo. En casos como éste cuidar al niño malnutrido es indispensable pero cuidar de su madre se hace fundamental.

Regístrate aquí
Licitaciones
SÍGUENOS Y ACTUA
© 2009 Acción contra el hambre | Contacto | Política de Privacidad