04/11/2005
Loan es responsable de Acción contra el Hambre en Pakistán. En estas líneas nos cuenta las difíciles condiciones de vida de la población damnificada por el seísmo del pasado 8 de octubre y las dificultades que entraña la llegada de la nieve en uno de los rincones más altos del planeta…
Hace tres semanas decidí quedarme más tiempo en Pakistán. Fue después de ver cómo cinco niñitas sonrientes y risueñas miraban el baile de los helicópteros que traían las tan esperadas raciones de alimento que Acción contra el Hambre debe distribuir en la región de Rashang. Situada en el valle de Allai, nos encontramos en una zona rural muy muy pobre. La mayoría de los campesinos arrienda sus campos de cultivo. Cuando llega la cosecha, el propietario se presenta para reclamar lo suyo: le corresponden tres de cada cuatro toneladas de maíz recogido. El valle de Alai sobrevive gracias a los subsidios del gobierno y a las remesas de los parientes que emigraron. La desnutrición es un problema crónico.
Sayed Mehoob Shah y su mujer, Aserjaan Bibi, viven en Rashang; tienen nueve hijos. El terremoto del 8 de octubre les dejó sin nada en cuestión de segundos. Tuvieron el tempo justo para salir de casa con sus seis hijos entre tres y quince años. Estuvieron todo el día intentando recuperar sus enseres, aunque se tratase sólo de un vaso. Sayed tuvo que utilizar su zapato para transportar y beber el agua del río. Durante tres días, la familia sin techo se alimentó de unos puñados de maíz, hasta que llegaron tres hermanos de Karachi. El ejército pakistaní les entregó dos tiendas de campaña al cuarto día. Encontrar algo de comer era un problema. En la aldea vecina quedaban dos tiendas pero habían sido saqueadas y los comerciantes habían triplicado los precios. Únicamente aliviaron esta situación con la primera distribución realizada por Acción contra el Hambre. Sólo comían una vez al día y el resto del tiempo bebían té para mantenerse calientes. Trataban de racionar los alimentos porque no sabían qué podría pasar mañana. Pocos días después apareció la nieve y ya no dejó de caer. El paisaje cambió completamente… y también nuestros planes. Aunque sabíamos que llegaría, lo cierto es que la esperábamos más tarde. El equipo de Acción contra el Hambre se las arregla como puede. Por turnos, descargamos los techos de nieve día y noche pero dos de nuestras tiendas se han derrumbado. Nuestro guardián enfermó y tuvimos que llevarle al médico. Nos llevó cinco horas hacer el camino que antes se hacía en una hora. La ruta se ha hecho impracticable y peligrosa, es imposible desplazarse a ninguna parte. ¿Qué decir de la población pakistaní? Me encontré esta mañana a Sayed Mehoob: ha perdido sus dos tiendas. En la aldea, se rifan los tejados de Uralita. La gente se apelotona cuando alguna organización los distribuye. Otros se resignan a llevarlos sobre su cabeza, con los pies envueltos en bolsas de plástico que les protegen de la nieve pero no del frío. Enfrentándonos a las tormentas de nieve, hacemos lo que podemos para entregarles mantas, cubos, comida, agua….

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