30/11/1999
Miguel Ángel Barba ha trabajado durante los últimos dos años y siete meses en la isla de Mindanao, en FILIPINAS, como coordinador de del Observatorio de Vulnerabilidad. En estas líneas nos relata qué conlleva trabajar rodeado de violencia (la isla vive un conflicto interno desde hace más de treinta años) con importantes restricciones de movimiento por razones de seguridad.
Vivir en una burbuja
Aunque he vivido en una de las zonas con más ricas y con mayor diversidad cultural del mundo, con un patrimonio étnico, religioso y lingüístico impresionante, a menudo me he sentido en una burbuja, porque las normas de seguridad, para garantizar los programas de seguridad alimentaria de Acción contra el Hambre, nos impedían entrar en contacto diario y directo con todo lo que nos rodeaba e integrarnos en este contexto todo lo que hubiéramos deseado.
Vivimos en un clima de constante inseguridad, continuamente amenazados por el conflicto que desde hace más de treinta años enfrenta al Gobierno con los rebeldes islamistas que quieren convertir la isla en una república independiente. Se trata de un conflicto heredado de la descolonización, cuando la zona fue abandonada a su suerte y la minoría musulmana empezó a vivir una etapa de marginación histórica y desagravios. Toda esta violencia de hoy no la ves a diario, pero se palpa, se siente en el ambiente.
La violencia borra el futuro
Toda esta violencia es determinante también en las vidas de quienes no luchan. La violencia influye en los más vulnerables porque éstos dejan de tener control sobre sus vidas y sobre su futuro. En cualquier momento la gente puede perder sus casas, sus cosechas, en cualquier momento puede perderlo todo o verse obligada a huir. Esto les convierte en personas apáticas, simplemente porque no confían en el futuro. Es imposible esforzarte por mejorar si eres consciente de que, de un momento a otro, puedes perderlo todo. Y esto no hace sino aumentar su vulnerabilidad, convirtiéndose en un círculo vicioso.
Una oportunidad para la paz... y para la tierra
Cualquier propuesta de desarrollo en este contexto tiene que pasar por la construcción de la paz. Las tareas de sensibilización y mediación son importantísimas para salir adelante. Porque en el fondo la gente lo único que quiere es eso, vivir bien, poder vivir bien. En este mes de abril está anunciado el restablecimiento de las conversaciones de paz entre el Ejército y el Frente Moro de Liberación Islámica (MILF). En esta agenda de conversaciones habrá un tema importantísimo: el acceso a la tierra. Es un problema que está en las raíces mismas del conflicto. Es difícil encontrar una solución política al mismo pero en algún momento habrá que reconocer el sistema tradicional de titulación de la tierra, que no está escriturado, y devolverlas a los campesinos que las cultivaban. Habrá que hacerlo encontrando mecanismos de compensación para las familias cristianas que ya tienen escrituras legales y buscar posibilidades de reasentamiento.
La población civil debe estar fuera del conflicto
En cualquier caso, mientras estas conversaciones avanzan, es fundamental defender nuestra posición: en Acción contra el Hambre estamos convencidos de que las partes implicadas tienen que mostrar una voluntad política real para asegurar que la población civil, y especialmente los más vulnerables, tienen que permanecer fuera de los enfrentamientos y de todo lo que ello conlleva.



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