La desnutrición es el primer factor de riesgo para los menores de cinco años (que representan el 18% de la población), además de ser responsable de la muerte de más de 40.000 niños cada año en Burkina Faso y superar los umbrales de alerta. Una parte significativa de la población rural vive en la pobreza y se encuentra en una situación de inseguridad alimentaria crónica. El país ha tenido un aumento demográfico (17.8 millones de habitantes en 2013, se espera que sean 22.4 millones en 2020, +3.1% al año) que el crecimiento económico no logra compensar. A pesar de los esfuerzos de las políticas nacionales, el acceso al agua potable (58.5 % en 2011 en el medio rural, 47.2% en el Este), al saneamiento (0.8% de letrinas en 2011 en el medio rural), a la educación (una tasa de escolarización del 62.2% en 2011) y a la sanidad es todavía limitado. Los bajos índices de alfabetización de las mujeres y la escolarización de los niños explican en parte que las posturas de la población se basen en los conocimientos tradicionales, los cuales suelen resultar nefastos para la salud y el estado nutricional de los niños.

Como país saheliano enclavado, Burkina Faso depende de sus importaciones (en especial para la energía) y las subidas de precio agravan la inseguridad alimentaria de los hogares y promueven una insatisfacción social latente y exacerbada para las elecciones presidenciales de 2015.

De hecho, si Burkina Faso no ha resultado poco afectada por las crisis políticas de sus vecinos, Costa de Marfil y Malí, el país se encuentra a su vez en una encrucijada ante la incapacidad de su presidente de presentarse en 2015; a menos que se modifique la constitución, algo que muchos no quieren en Burkina Faso ya que ostenta el poder desde 1987. El fin de su reinado y el supuesto antojo del presidente de mantener el poder, favorece el surgimiento de una mayor protesta popular que remite a las tensiones militares de 2011 sobre un fondo de insatisfacción con respecto a la distribución de los beneficios del crecimiento.