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Historias

La experiencia de lo extraordinario en lo ordinario

uan, con 2 años, ha aprendido a caminar en uno de nuestros Espacios Amigables para madres y niños en Ecuador.

 

Juan no gateaba, ni caminaba, simplemente se desplazaba arrastrándose. Acción contra el Hambre le propuso a su madre acudir al Espacio Amigable para la Madre y el Niño, y Juan empezó a dar sus primeros pasos

*Todos los nombres de esta historia son ficticios para preservar su identidad

Si una persona pasara uno de estos días de agosto de 2016 por una de las carpa de Acción Contra el Hambre desplegadas en Ecuador tras el terremoto de abril de 2016, podría ver a Juan, un niño de 2 años y siete meses, que con una enorme sonrisa en el rostro camina algo así como cinco pasos hacia su madre, y eso es simplemente extraordinario. Claro, seguramente esa persona diría: "¿y qué tiene eso de extraordinario?’". La respuesta está justamente en eso: lo ordinario es extraordinario, cuando es lo que se necesita... Esto se entiende mejor si se conoce que hace apenas tres meses Juan no caminaba, se arrastraba.

Hace algunos meses, precisamente al segundo día de apertura del Espacio Amigable para la Madre y el Niño (EAMN), conocimos a Juan: se encontraba fuera de su carpa, con su mirada hundida en el suelo y con el ceño fruncido. No gateaba, ni caminaba, se desplazaba arrastrándose, tanto que tenía endurecida y ennegrecida la piel de sus tobillos. Su madre, Miriam, una mujer de no menos de 30 años, no le prestaba atención, ni cuidado, ni nunca le tomaba en brazos por estar pendiente de su hija menor, Amalia, de un año y medio de edad. La hermana menor de Juan tampoco aceptaba ningún tipo de contacto físico ni visual; gritaba y lloraba y los brazos de su madre eran el único lugar seguro para ella. Cuando su madre interactuaba con su hermano Juan, ella no lo aceptaba y continuaba llorando. Al igual que Juan, ella no camina, y ya empezaba a tener la piel de los tobillos dura y ennegrecida como él.

Los distintos actores sociales, legales y de salud del albergue, habían realizado ya para entonces varias gestiones: diagnóstico de discapacidad intelectual para la madre (invalidado tiempo después), diagnóstico de fisioterapia que descartaba su posibilidad de caminar, y una demanda para la madre por negligencia de un Organismo de protección. Todo lo cual no modificaba la situación de ambos niños.

En el albergue se referían a ellos como: “la familia con discapacidad”, y a J. como “el niño que se arrastra”. Solía vérseles, al momento de los almuerzos, comiendo en los lugares más apartados del comedor. Casi nadie les hablaba.

Miriam era una mujer de un trato indiferente, evasivo, de muy pocas palabras, casi monosilábico o en el mejor caso de hablar ininteligible. Su historia particular y familiar era poco conocida, lo que se sabía es que tuvo una infancia complicada, en alguna zona rural, y que se comprometió con un hombre que al momento estaba preso, y sin esperanzas prontas de libertad. Su tragedia era anterior a la del terremoto.

Juan y Amalia tienen dos hermanos más: una niña de 11 y un niño de 8 años, parecidos a su madre, muy esquivos y callados. Su aspecto es descuidado siempre, se les ve desaseados y no muy saludables.

Cuando el equipo de Acción contra el Hambre le propuso a la madre que acudieran al Espacio Amigable para la Madre y el Niño, ella no mostró interés alguno. Bajo insistencia, en dos ocasiones se limitó a dejar a su niño en la tienda para ir a realizar otras actividades. Se le instó para que participe explicándole que se trataba de un espacio para que concurrieran las madres con sus niños/as a aprender sobre nutrición y para mejorar la relación con sus hijos (apoyo psicosocial), a fin de favorecer su desarrollo, y desde luego tampoco aceptó.

De a poco, y no sin muchas invitaciones, Miriam comenzó a asistir. Si bien Juan conservaba su mirada hacia el suelo y no aceptaba ningún tipo de contacto visual ni físico que denotara un vínculo afectivo con su madre, y solía llegar en brazos de su hermana mayor (a quien la madre encargaba su cuidado).

El equipo de Acción contra el Hambre continuaba realizando sus intervenciones psicosociales: alentando a la madre a participar, pidiendo su palabra u opinión en los grupos de discusión con otras madres, respetando lo que dijera, fuera lo que fuese, y sosteniendo su lugar en el grupo frente a otras madres que no gustaban mucho de su presencia o que con ruidos, interrupciones o distancias le descalificaban.

Respecto al trabajo con la madre y con Juan, en el Espacio, constantemente se les acompañaba en procesos de juego conjunto, trabajando para que Miriam pudiera descubrir y aprender a “ser la mama de Juan”, lográndose un apego importante. Pronto tanto la madre como el niño comenzaron a acudir todos los días, aun a costa de perder otras actividades.

Fue interesante ver como la situación de Juan y la participación constante de la madre en la carpa de Acción contra el Hambre, llamó la atención de algunos actores sociales del albergue que, aunque se habían alejado un poco de este caso, ahora mostraban sorpresa e interés de retomar las gestiones para fortalecer a la familia.

Más allá de esta situación, Juan, Amalia y su madre comenzaron a acudir con entusiasmo a las actividades de los EAMN; la pequeña ya no lloraba, ni gritaba y requería de los brazos de su madre sólo cuando deseaba lactar. Poco a poco Juan comenzó a sentir seguridad confianza, su madre ya no lo rechazaba, comenzaron a interactuar y a relacionarse. Cada día Juan mostraba logros ante los cuales su madre expresaba entusiasmo y alegría. Un día -por propuesta del equipo de Acción contra el Hambre-  la madre empezó a gatear para que Juan la imitara y gatease también.

El 11 de agosto de 2016, Juan nos dio una gran sorpresa: ¡empezó a dar sus primeros pasos dentro del Espacio Amigable! Al principio tuvo algo de miedo, luego dio 3 pasos, 5 pasos; fue una gran emoción y satisfacción para su madre y para todo el equipo de Acción contra el Hambre que pudimos presenciarlo.

Hoy vemos un Juan alegre y sonriente, interactuando con su madre, lo que le permite descubrir nuevas cosas que le ofrece la vida. Al mismo tiempo, su hermanita se ve segura, sonriente y en el proceso de su desarrollo ya ha logrado gatear; sus gestos, su mirada y su forma de comunicarse reflejan positivamente lo que se ha logrado.

Juan camina, ya no se arrastra. En cada paso que da, su rostro refleja alegría, que se contagia en la comunidad albergada y en los distintos actores que intervienen en el Albergue. Su madre manifiesta con gran entusiasmo el deseo de que Amalia logre caminar y hablar como su hermano. ¿No habíamos dicho que ya ha intentado hablar?, pues sí, ya hace algún rato dijo su primer ‘’mamá’’ en la puerta del espacio EAMN.

Hoy Juan es reconocido. Basta con pasar un día por el albergue y mencionar su nombre, a quien sea, para descubrir lo extraordinario que puede haber en la experiencia de dar unos cinco ordinarios pasos.

 

Equipo ACH - Espacios Amigables para la Madre y el Niño/a. 

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