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La esperanza que ronda en el corredor seco

 

Historias de vida - Consorcio de Organizaciones Humanitarias

En el  Nororiente  de  Guatemala,  viven  mujeres  Achí  y Chortí que todavía no conocen a mujeres Kiché y Akateckas, quienes viven en el Noroccidente. Cada etnia habla un idioma maya diferente. Pero todas tienen mucho en común. Las hermosas y cálidas tierras donde residen albergan cultivos que son la principal fuente de sustento para sus familias. Las primeras se encuentran en aldeas de los departamentos de Chiquimula y Baja Verapaz, mientras que las segundas viven en Huehuetenango. Cuando no llueve, la escasez de alimentos se convierte en la principal problemática de su día a día. La desgracia absoluta llega cuando alguno de sus hijos cae en desnutrición aguda. Debido a la falta de recursos, actualmente se ha entregado asistencia alimentaria a 960 familias priorizadas por el consorcio liderado por Oxfam y aproximadamente 1,037 familias en Chiquimula, la cual ha sido entregada por el consorcio liderado por Acción Contra el Hambre

 Con 22 años, María de los Ángeles Mantar García vive con su familia: sus dos hijos de dos y cinco años. Está sentada sobre un taburete de madera mientras que sostiene a su hijo más pequeño en brazos: “Los dos tuvieron diarrea, pero ahorita ya están bien”. Este es uno de los síntomas que sufren los niños  con  dificultades  gastrointestinales  y  falta de nutrientes. Las pequeñas y pequeños empezaron a mejorar después de la visita de uno de los técnicos del consorcio para entregarle diez bolsas de harina fortificada.  Ella es una madre soltera que se enfrenta a la difícil situación de no poder trabajar por tener que cuidar  de sus hijos. Por suerte, María comenta que además de la ayuda temporal del proyecto, cuenta con la de su padre y su hermano.

En la comunidad de La Mina (Agua Zarca, Jocotán), Romeria García García también cría por sí misma a Félix Rafael, Meldi, Darlín Marí y María Erika. Hace unos meses, vivieron un susto: la enfermedad de Chagas. Una plaga   de “vinchuca”, conocida como chinche picuda (Triatoma infestans) se introdujo en su precaria vivienda y les produjo hinchazón en la piel. Las instituciones se encargaron de fumigar las casas y de vacunarlos. Pero Romeria comenta que todas y todos han tenido dificultades para realizar actividades físicas.

 En el mes de abril de 2018, vivieron otra desgracia,  esta vez en sus cultivos: la roya del café. Este hongo afecta a las plantas de café de la zona del Corredor Seco guatemalteco. Por esto, el equipo de campo técnico de      la Asociación de Servicios y Desarrollo Económico de Chiquimula (ASEDECHI), acudió para entregar tres ayudas económicas de aproximadamente 90 quetzales por persona en cada hogar por entrega y dotar a la familia de Romeria de los recursos necesarios para aminorar su situación: paja, fertilizantes, abono, piocha como herramienta. También recibieron semillas de rábano, cilantro, remolacha, así como plantas de piñas, camote y naranja.

Dos estructuras de barro forman parte de su vivienda. Una es su  cocina,  lugar  al  que no accede  cuando  hay  falta de alimentos: “A veces dormimos con hambre. La escuela entrega a  mis  hijos una refacción”, informa sobre una de las responsabilidades institucionales   que    hacen más llevadera su escasez de recursos.

 

Alberta Súchite y Pedro Pérez viven sin electricidad y limitado acceso a agua, junto a sus cinco hijos: José Elías tiene diez años, Reinero  y  Mariles  tienen  cinco años, William tiene dos años y Santos Alberto tiene seis meses. Pedro lleva a su casa 40 quetzales cada día que trabaja como jornalero: “Esa cantidad no alcanza para comida y medicamentos”, comenta con contundencia. “Hemos podido comprar maíz, frijoles e incluso carne y pescado”, dice sobre la ayuda económica recibida.

“Mi hija tiene desnutrición severa y ahora se está recuperando”, comenta Victoria   Jerónima,   mientras la pequeña duerme en sus brazos. La lucha comenzó unos meses atrás, cuando recibieron cinco libras de harina fortificada, pastillas de zinc y otros alimentos para disminuir su grave estado. “Sufre de gripes y diarreas por temporadas”, comenta con un rostro decaído. Desde entonces, ella continúa dándole lo que puede, para que finalmente se recupere.

La falta de recursos no les permite hacer frente a necesidades tan básicas como la del transporte. Para poder comprar alimentos, tienen que desplazarse en camioneta al mercado y pagar veinte quetzales por cada pasaje. Su marido Leonardo, trabaja como jornalero por 30 quetzales al día. A las cuatro de la tarde es cuando suele regresar a la vivienda que él mismo construyó. Sus otros dos hijos acaban de llegar de la escuela. “Espero que puedan enseñar a mis hijos una buena educación para que podamos salir adelante”, comenta esperanzada.

Entre otra de las dificultades en el día a día, está la  de  recoger agua. La forma que tienen de tratar el agua es hirviéndola. Además, el nacimiento de agua está retirado, lo que dificulta la irrigación de  los  cultivos.  En  esta  temporada del año, el clima perjudica las cosechas del llamado Corredor Seco: “La hoja de algunas hierbas era  de color verde pero ahora es de color amarillo”, lamenta. Ahora esperan a que crezcan las semillas entregadas en  el marco del proyecto y que sus cultivos de maíz y frijol no se echen a perder por la falta de lluvias.

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