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Historias

Agawol: la vida por delante en el último país, Sudán del Sur

©Lys Arango 

Agawol nunca tuvo comida suficiente, nunca tuvo agua corriente ni un fuego de gas ni luz eléctrica. Solo pensó que quizá algún día podría vivir sin preguntarse si va a comer mañana.

Cuando el primero de sus hijos nació, Agawol ya vivía en Yargot, una aldea al norte de lo que hoy es Sudán del Sur. La vida siempre había sido eso que llaman una vida dura: acarrear agua, confiar en las lluvias, comer una vez del día y sobrevivir a una guerra civil. Por eso, cuando estampó su huella dactilar en la casilla del “sí” del referéndum de independencia de Sudán en 2011, soñó por un momento con un fututo mejor: “Pensé que se establecería la paz y que incluso el hambre podría llegar a ser cosa del pasado”. Pero la esperanza duró poco: al cabo de dos años, el conflicto estalló de nuevo en el país más joven del mundo.

Las consecuencias fueron inmediatas: destrucción, desplazamiento de personas y muerte. Además la inflación ya corría a toda velocidad y las carreteras se volvieron inseguras por los saqueos, cortando así todas las rutas comerciales. Los mercados se vaciaron y los pocos alimentos a la venta quedaron al alcance de muy pocos bolsillos.

De modo que cuando el año pasado la sexta hija de Agawol enflaqueció hasta enfermar, no se sorprendió. Su cosecha de sorgo se había estropeado y los precios estaban por las nubes. No le quedó más remedio que pasar a las hojas de árbol hervidas como único alimento.

“Mi niña lloraba y lloraba, pero no tenía nada más para darle de comer”, cuenta Agawol con un gesto de tristeza. Cuando a la niña a penas le quedaban fuerzas fue llevada al centro de salud y el personal sanitario de Acción contra el Hambre le diagnosticó desnutrición aguda. “Nos dieron sobres de crema de cacahuete”, explica refiriéndose al alimento terapéutico Plumply Nut. “Íbamos a revisión cada semana y vi cómo mi hija cogía peso, se recuperaba, hasta que al cabo de un mes le dieron el alta”.

Durante ese tiempo, Agawol colaboró como voluntaria en el centro, ayudando al personal y aprendiendo a detectar los casos de malnutrición. Tal fue el impacto que le produjo la mejoría de su hija que decidió dar un paso al frente en la lucha contra la desnutrición. Así fue como esta joven madre, situada en el último escalafón social del último país del mundo, se convirtió en un agente del cambio.

Y aunque a su día le faltan horas como cabeza de una gran familia, ha conseguido sacar tiempo para dedicarse a la comunidad.  Cada martes sale de su casa armada con un brazalete y un bolígrafo. Camina hacia los hogares de las familias más desfavorecidas de Yargot. Primero habla con los padres, les cuenta su historia y después, si aceptan, examina a los más pequeños.

“Con este brazalete, mido la circunferencia del brazo del niño”, explica Agao mostrando el MUAC (del inglés middle upper arm circumference, circunferencia mesobraquial). “Cuando la flecha pequeña en el brazalete es amarilla (entre 115 y 125 mm), significa que el niño sufre de una desnutrición aguda moderada. Pero si la flecha apunta a la zona roja, por debajo de 115mm, es desnutrición aguda severa", precisa. En cualquiera de los dos casos Agao les deriva al centro de salud de Yargot, gestionado por Acción contra el Hambre. “Así se podrán curar”, asegura satisfecha.

Pero su lucha no termina aquí. En casa tiene seis bocas que alimentar y ahora, más que nunca, quiere ser un ejemplo para su pueblo. Así que a menos de tres meses de dar a luz a su séptimo hijo, se levanta al amanecer para cuidar de la cosecha, después se interna en el bosque con un hacha y corta madera. Cuando obtiene suficiente, lo ata con un trozo de tela y lo apoya sobre su cabeza en perfecto equilibrio. Pone rumbo al mercado.

Este es un mercado de puestos de caña con olor a mugre, polvo y especias. El puesto más grande vende detergente, galletas, sobres para hacer jabón y velas. Otro vende cacahuetes, otro cuatro cebollas, otro bolsas con azúcar y escobitas de paja; ninguno frutas o verduras. No hay nada fresco. Agawol va directa al puesto de leña. Saluda y deja su carga en el suelo. Una mujer examina la mercancía y acepta la compra. Con el dinero ganado se hace con dos bolsitas: una de leche, otra de cacahuete en polvo. Sonríe. Su familia comerá hoy.

De vuelta al hogar comienza la liturgia de la cocina. Todos los niños se acercan, expectantes, a su elaboración: Agawol muele el sorgo en un mortero de madera, prende fuego y empieza a preparar el asida. Asida es una especie de puré o potaje hecho de mezclar sorgo pisado y agua hirviendo; si hay leche se le pone, si hay sal también. Todos están hambrientos. Cuando está listo, comen juntos dentro del tukul, sentados en el suelo.

–¿Y otros días comen otras cosas?

–No, casi siempre asida.

–¿Te gustaría cambiar de vez en cuando?

–No sé. Nosotros cultivamos sorgo.

–¿Y carne comen?

–Sí, alguna vez.

–¿Cuándo fue la última?

–Hace un año. Hubo una celebración del ejército y nos trajeron carne a Yargot. Lo compartimos entre los vecinos.

Agawol nunca tuvo comida suficiente, nunca tuvo agua corriente ni luz eléctrica ni un inodoro, nunca dio a luz en un hospital, nunca tuvo un reloj nunca una cama, nunca leyó un libro, nunca leyó un periódico, nunca vio una película. Solo pensó que quizá algún día podría vivir sin preguntarse si va a comer mañana.

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