Sudán del Sur es un país con un enorme potencial tanto en recursos naturales como humanos. Su población demostró en julio de 2011 que estaban preparados para crear una nación marcada por la diversidad, pero la euforia provocada por el, durante décadas, anhelado cambio pasa en estos momentos por su momento más complicado.

El enfrentamiento entre el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudan y sus opositores por lograr el poder en diciembre de 2013, ha provocado no solo el inicio de una posible guerra civil, sino que ha dejado en evidencia la fragilidad de un estado con escasas infraestructuras y poca capacidad para reaccionar ante consecuencias directas de la inestabilidad política. Según estimaciones oficiales, más de 10.000 personas han muerto en el conflicto durante los últimos siete meses y 9.000 niños han sido reclutados por ambos bandos.

En la ciudad de Juba el presupuesto que se destinaba a mantener limpia la ciudad ha pasado a la cartera de defensa y seguridad, lo que no ayuda a que enfermedades contagiosas como el cólera no se extiendan por el país.

Es una realidad que muchas de las tierras cultivables de Sudán del Sur no han sido plantadas este año, y en otras ocasiones sus dueños no tuvieron tiempo de recoger la cosecha al huir de la violencia, por lo que la comunidad internacional tiene un reto importante al saber que los sursudaneses no podrán ser autosuficientes al menos hasta septiembre de 2015, cuando, si el conflicto lo permite, puedan recoger lo sembrado de la próxima cosecha. La ONU calcula que un tercio de la población está en riesgo de inseguridad alimentaria desde finales de 2014, y alerta sobre la posibilidad de que 50.000 niños puedan morir este año debido a una diarrea severa, neumonía o malnutrición.

De hecho, la primera muestra de la debilidad de la estructura socioeconómica del país surgió con la epidemia de cólera que se extendió a mediados de mayo del pasado año en la capital (más de 1900 casos y 38 muertos) y apareció a mediados de junio en el sur de Juba (casi 500 casos y 22 muertos).

Inseguridad, frustración y decepción son las sensaciones más comunes entre los 11 millones de sursudaneses. El 98% del presupuesto nacional proviene del petróleo, pero la producción ha pasado de 350.000 a 165.000 barriles al día, y su exportación aún depende de un posible acuerdo con Sudán o de las alternativas que planteen China y EEUU, presentes en el país desde hace años y que hoy presionan para que se alcance un acuerdo de paz que les permita explotar los recursos naturales del país.

Mientras, la población se conforma con volver a creer que la paz y estabilidad son posibles. Intentan recuperar los diluidos sueños de 2011, conscientes de que el hambre se está asentando en su cotidianeidad.